Yo sé lo que pasó ese día. Salió temprano, iba a la universidad, pero cuando estaba arriba del metro, decidió cambiar de rumbo. Se bajó en un lugar que no conocía, caminó varias cuadras, encontró una plaza. Se sentó en una banca, pensaba, pero no estaba ahí en ese momento...
La mayoría de la gente cree que la magia no existe. Muchos otros, charlatanes, engañan diciendo un par de palabras inventadas, moviendo las manos, haciendo pociones de perejil con coca-cola. Otros fantasean, inventan mundos de dragones en el que pintan personas capaces de tirar bolas de fuego. Así no funciona la magia. Para que ocurra tiene que haber un deseo muy profundo, una idea muy clara, un alineamiento del ser en la dirección correcta. Un ritual perfecto, no con ramitas de agua bendita, no con sangre ni dibujos en la tierra. Debe ser un latido, una canción al unísono del alma, del cuerpo, de la mente, de la vida.
Así estaba, sentado en la plaza, todo latiendo en conjunto, su mente giraba, su energía se alineaba, el viento, la gente que pasaba.
Su deseo estaba claro, irse lejos, ser libre, volar.
Su idea, un pájaro.
Ya no iba a molestar a nadie, todo seguiría su curso. Sabía que haría sufrir a los demás, pero su decisión estaba tomada. Ya había empezado, se desprendía de su cuerpo, abstraído totalmente. Comenzaba a latir, a contratiempo como siempre latió. Cada vez más fuerte, su respiración se agitaba, su entorno desaparecía, se oscurecía, temblaba, lloraba.
Y de un momento a otro, ya no estuvo. En su lugar quedó un gran pájaro negro, un cuervo. Nadie lo notó, en esta ciudad nadie mira quién está sentado en la otra banca. Así permaneció unos minutos, reconociendo su nuevo ser, adaptándose a su nueva vida. Luego voló. Nunca más nadie lo volvería a ver. Ni le importaba.