lunes, 20 de febrero de 2012
Vino.
En su omnipotencia apenas pudo captar el instante que es cada ser humano en la eternidad del universo. Ese instante, sin embargo, se hizo eterno en su conciencia, porque no era un ser cualquiera, no era simplemente una vida que se mezcla entre el montón, era la persona más noble, más hermosa y brillante. Era imposible, no, improbable, pero ahí estaba, una entre infinitos, reluciente, perfecta. Estuvo perdido en este momento. ¿Cuánto tiempo? Cómo saber si el tiempo para él no existe. Sólo sabe que se encontró a si mismo embelesado y no comprendía nada. Dios se había enamorado. Pero cómo, cómo puede el amor enamorarse, cómo puede Dios encontrar su complemento en otro ser si no es él mismo. Cómo puede Dios humanizarse, hacerse mortal, hacerse un instante condenado a desaparecer. No, no se puede reducir la eternidad a una vida, no se puede reducir el universo a una caja de zapatos. Qué desgracia, pobre omnipotente, privado de disfrutar de su obra maestra. Algo tendría que hacer, de alguna forma tendría que hacerle saber. Entonces se detuvo a mirar su pálida creación y luego de pensar un poco decidió crear las flores y llenar con ellas la tierra. Con ese regalo sí que sabría lo que sentía por ella, y para hacerlo todavía mejor, inventó la primavera para que al florecer tantas juntas no le quedara duda de que solo podía ser obra suya. Quedó contento con su trabajo y siguió con su quehacer todopoderoso, pero luego vino a darse cuenta, al ver bajar el sol en el horizonte, de que no siempre las flores iban a estar para ella. Tomó entonces algunos colores y pintó el primer atardecer, confiando que cada día ella pudiese ver aquella maravilla de luces en el cielo. Se asombró a sí mismo con lo que fue capaz de hacer, si no fuese porque es Dios, probablemente se hubiese puesto a llorar de emoción. Y se fué la luz, llegó la noche, tiempo de descansar, de recostarse sobre el pasto y dormir. Pero esa noche no pudo conciliar el sueño, pensaba en ella, en sus noches solitarias y tristes. ¿Qué hacer para acompañarla? Miró la infinita oscuridad del cielo y cerró los ojos, dejó fluir los jugos creativos. "Ya sé." Tomó un puñado de tierra y soplándolo hacia el cielo lo llenó de estrellas, constelaciones, galaxias muy lejanas donde otras historias se contarían y que a ella la acompañarían. Jugó un rato, las movió un poco, tiró algunas y las dejó irse lejos, algún día volverían. Le ordenó a otras que se dejaran caer de vez en cuando para que sus brillantes colas la emocionaran. Y cuando ya estaba quedandose dormido tuvo una visión, algo brillante, redondo, un espejo que ilumine la noche por si alguna vez su amada pierde el camino. Abrió los ojos y ahí estaba, blanca y brillante. "A ti te voy a poner luna." Le dijo y estirando la mano, dibujó en su superficie figuras que solo ella podría entender. Aún con la el brazo levantado cerró los ojos y sintiendose lleno y absoluto, se durmió. Así pasaron los días y cada uno que pasaba dejaba un regalo para ella, a veces ocultos como en la lluvia, otras no tanto. Pero estaba seguro de que los vería, solo es cosa de mirar el mundo y sola se daría cuenta.
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